Mallín Grande.
No podemos elegir cuándo ni dónde morir , ya lo sé, pero si pudiera elegiría la Patagonia, mirando este paisaje inmenso que sobrecoge, y sus cielos cambiantes, misteriosos, plásticos.
Elegiría escuchar el viento a veces sordo que me anuncia la noche limpia y azul donde podré conversar con las estrellas y los dioses griegos que las gobiernan.
Elegiría estos grises intensos con sus blancos tímidos y brillantes que escriben tantos días y árboles, tantos cerros y nieves.
Tampoco sé lo que se llevan aquellos que se van, tal vez una imagen así, en escala de grises, tan silenciosas como el aroma a frutillas blancas o la humedad regalada y una tarde caminando por las orillas del Chelenko.
Sentir la Patagonia es escucharse, recolectando recuerdos, efímeros, porque esos cielos ya no están, esas piedras que mi Mujer recoge y ordena así tan graciosa e infinita, ya no son las mismas, esos parajes que juntos vivimos están allí pero ya no. Esa es la maravilla de este Mallín, esa que sabemos que estará por siempre aquí, tan cambiante y distinta pero tan certera y precisa.
Si pudiera elegir, tan solo si pudiera.